Capacidad agrológica de los suelos de Estados Unidos

Clase de capacidad agrológica

La base de datos Soil Survey Geographic Database (SSURGO) clasifica los suelos en función de su capacidad para la explotación agrícola de cultivos comunes sin deterioro del suelo en períodos prolongados de tiempo. Los campos de la clasificación de capacidad con y sin irrigación incluyen cada componente de suelo en una de 8 clases, que van desde suelos con las menores restricciones para la agricultura (clase I) a áreas no adecuadas para la explotación agrícola, como afloramientos rocosos y playas de arena (clase VIII). Con una buena gestión, los suelos de las clases I-IV pueden ser adecuados para cultivos extensivos comunes, pastos, plantas silvestres y árboles forestales sin reducir su capacidad a largo plazo.

Con una gestión muy intensiva, algunos suelos de las clases V y VI pueden producir cultivos, pero los suelos de las clases V-VII resultan habitualmente más adecuados para el cultivo de especies autóctonas. Los suelos de la clase VIII no producirán cultivos, pastos ni árboles sin una considerable intervención. Aunque inicialmente, hace más de 70 años, se desarrolló como herramienta para la conservación del suelo y la planificación agrícola, la clasificación de la capacidad agrológica ahora se emplea en el inventario de recursos naturales National Resource Inventory de Estados Unidos, como referencia para la ley de protección de la tierra agrícola estadounidense, en diversas publicaciones sobre la ciencia del suelo y en muchas guías técnicas del Natural Resources Conservation Service. Asimismo, el sistema de clasificación se usa para identificar tierras vulnerables y la gestión apropiada en programas de conservación de la Farm Service Agency del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, incluidos el programa de reservas para la conservación y las disposiciones sobre suelos vírgenes. Los datos de SSURGO están organizados en unidades de mapa y componentes. Las unidades de mapa son la entidad geográfica básica de los datos. Cada unidad de mapa está asociada con uno o varios componentes de suelo, y cada componente de suelo recibe una clasificación de capacidad agrológica. Como los componentes de suelo no están representados cartográficamente, su clasificación debe agregarse a la unidad de mapa para generar un mapa. En nuestro caso seleccionamos el campo dominante de capacidad con irrigación.

La clase dominante es la clase del componente que representa el fragmento más grande de la unidad de mapa. Al hacer clic en una unidad de mapa, se abre una ventana emergente que contiene la clase dominante de los sistemas agrícolas irrigados y no irrigados. La proporción de la unidad de mapa con dicha clasificación también se muestra en la ventana emergente. El sistema de clasificación de la capacidad agrológica tiene en cuenta factores como la ubicación del paisaje, la pendiente y la profundidad y la textura del suelo. Entre las restricciones para uso agrícola de los suelos se incluyen la erosión y las escorrentías, el exceso de agua, limitaciones de la zona radicular, como suelos poco profundos y capas de hardpan (sólidas bajo terreno blando), y el clima.

Descripciones de las clases de capacidad

Reproducidas de acuerdo con el Agricultural Handbook del Natural Resources Conservation Service.

Tierras adecuadas para el cultivo y otros usos - Clases I-IV

Clase I

Clase I: los suelos de la clase I tienen pocas limitaciones que restrinjan su uso.

Los suelos incluidos en esta clase resultan adecuados para una amplia variedad de plantas y pueden utilizarse de forma segura para cultivos, pastos, plantas silvestres, bosques y como recursos para la fauna. Los suelos están casi en un nivel 6 y el riesgo de erosión (por viento o agua) es bajo. Son suelos profundos, generalmente bien drenados y de fácil laboreo. Retienen bien el agua y están bastante provistos de nutrientes vegetales o responden muy bien a los fertilizantes.

Los suelos de la clase I no presentan riesgo de daños por desbordamiento. Son productivos y aptos para el cultivo intensivo. El clima local debe ser favorable para el cultivo de muchas de las especies extensivas comunes.

En zonas irrigadas, los suelos pueden incluirse en la clase I si la limitación de clima árido se compensa con trabajos de irrigación relativamente permanentes. Estos suelos irrigados (o los suelos potencialmente útiles con irrigación) son casi llanos, presentan zonas radiculares profundas, tienen una permeabilidad y una capacidad de retención de agua favorables y se mantienen fácilmente en buenas condiciones de cultivo. Algunos de los suelos pueden requerir un acondicionamiento previo que puede incluir el nivelado hasta el grado deseado, el filtrado de una ligera acumulación de sales solubles o la reducción de la capa freática estacional. Cuando es probable que se den restricciones por sales, capa freática, desbordamientos o erosión, los suelos se consideran sujetos a limitaciones naturales permanentes y no se incluyen en la clase I.

Los suelos saturados (húmedos) y con subsuelos lentamente permeables no están incluidos en la clase I. Algunos tipos de suelos de la clase I pueden drenarse como medida de mejora para incrementar la producción y facilitar el laboreo.

Los suelos de la clase I que se utilizan para cultivos requieren prácticas de gestión ordinarias para mantener la productividad, tanto en cuanto a fertilidad como a estructura del suelo. Tales prácticas pueden incluir el uso de uno o más de los siguientes elementos: fertilizantes y abonos cálcicos, cubiertas vegetales o el abonado en verde para los cultivos, la conservación de restos de cosechas y estiércol animal y la rotación de cultivos adaptados.

Clase II

Clase II: los suelos de la clase II presentan algunas limitaciones que restringen la elección de plantas o requieren prácticas moderada de conservación.

Los suelos de la clase II requieren una gestión cuidadosa, incluidas prácticas de conservación, para evitar el deterioro o para mejorar las relaciones de aire y agua cuando están cultivados. Las limitaciones son pocas y las prácticas, fáciles de aplicar. Los suelos son aptos para cultivos, pastos, plantas silvestres, bosques o para dar cobijo y alimento a la fauna.

Entre las restricciones de los suelos de la clase II se pueden incluir, individualmente o en combinación, los efectos de (1) pendientes suaves, (2) susceptibilidad moderada a la erosión del viento o el agua, o efectos adversos moderados de la erosión en el pasado, (3) una profundidad de suelo inferior a la ideal, (4) laboreo y estructura del suelo ligeramente desfavorables, (5) presencia de salinidad o sodio de ligera a moderada, que se puede corregir fácilmente, pero con posibilidad de reaparición, (6) daños por desbordamientos ocasionales, (7) exceso de humedad corregido por drenaje pero permanente como limitación moderada y (8) ligeras limitaciones climáticas en el uso y la gestión de suelo.

Los suelos de esta clase ofrecen al agricultor menor flexibilidad en la elección de cultivos o de prácticas de gestión que los de la clase I. Asimismo, pueden precisar prácticas y sistemas de cultivo encaminados a la conservación del suelo, dispositivos de control del agua o métodos específicos de labranza cuando se emplean para cultivos. Por ejemplo, los suelos profundos de esta clase que presentan ligeras pendientes y están sujetos a erosión moderada cuando están cultivados pueden necesitar una de las siguientes prácticas o la combinación de una o varias de ellas: disposición en terrazas, cultivo en fajas, labranza en líneas de nivel, rotación de cultivos que incluye pastos y legumbres, áreas de evacuación de agua mediante vegetación, cubiertas vegetales o abonado en verde para los cultivos, cubrimiento del suelo con rastrojo y uso de fertilizantes, estiércol y abonos cálcicos. Las combinaciones exactas de las prácticas aplicadas pueden variar de un lugar a otro, dependiendo de las características del suelo, el clima local y el sistema agrícola utilizado.

Clase III

Clase III: los suelos de la clase III presentan importantes limitaciones que reducen las opciones de plantas, requieren prácticas de conservación especiales o ambas.

Los suelos de la clase III tienen más restricciones que los de la clase II, y cuando se usan para cultivos, las prácticas de conservación suelen ser más complicadas de aplicar y mantener. Pueden ser aptos para cultivos, pastos, bosques, plantas silvestres o para dar cobijo y alimento a la fauna.

Las limitaciones de los suelos de la clase III restringen la cantidad de cultivo en limpio, la época de plantación, la labranza y la cosecha, la elección de los cultivos o una combinación de estas restricciones. Las limitaciones pueden ser consecuencia de los efectos de uno o más de los siguientes factores: (1) pendientes moderadamente pronunciadas; (2) alta susceptibilidad a la erosión del viento o el agua, o efectos adversos importantes de la erosión en el pasado; (3) desbordamientos frecuentes acompañados de algunos daños a los cultivos; (4) permeabilidad muy lenta del subsuelo; (5) exceso de humedad o cierto anegamiento continuado después del drenaje; (6) poca profundidad hasta lecho de roca o capas de hardpan, claypan y fragipán que limitan la zona radicular y el almacenamiento de agua; (7) baja capacidad de retención de la humedad; (8) baja fertilidad que no se puede corregir fácilmente; (9) salinidad o sodio moderados o (10) limitaciones climáticas moderadas.

Cuando están cultivados, muchos de los suelos saturados, lentamente permeables pero casi llanos de la clase III requieren drenaje y un sistema de cultivo que mantenga o mejore la estructura y las condiciones de cultivo del suelo. Para evitar los encharcamientos y mejorar la permeabilidad, normalmente resulta necesario suministrar materia orgánica a tales suelos y evitar trabajar con ellos cuando están húmedos. En algunas áreas irrigadas, parte de los suelos de la clase III tienen un uso limitado debido a la alta capa freática, la lenta permeabilidad y el riesgo de acumulación de sal o sodio. Cada tipo distintivo de suelo en la clase III presenta una o más combinaciones de uso y prácticas alternativas necesarias para una gestión segura, pero la cantidad de alternativas posibles para el agricultor medio es inferior a la de los suelos de la clase II.

Clase IV

Clase IV: los suelos de la clase IV presentan limitaciones muy severas que restringen las opciones de plantas, requieren prácticas de gestión muy cuidadosas o ambas.

Las restricciones en el uso de los suelos de la clase IV son mayores que en la clase precedente, y la elección de plantas es más limitada. Cuando están cultivados, estos suelos requieren una gestión más cuidadosa, y las prácticas de conservación son más complicadas de aplicar y mantener. Los suelos de la clase IV pueden ser aptos para cultivos, pastos, bosques, plantas silvestres o para dar cobijo y alimento a la fauna.

Los suelos de la clase IV pueden resultar adecuados solo para dos o tres de los cultivos comunes, o la cosecha producida puede ser baja en relación con la plantación en períodos de tiempo largos. Su uso para cultivos está limitado como resultado de los efectos de uno o varios factores permanentes como (1) pendientes pronunciadas, (2) importante susceptibilidad a la erosión del viento o el agua, (3) efectos severos de la erosión en el pasado, (4) suelos poco profundos, (5) baja capacidad de retención de la humedad, (6) desbordamientos frecuentes acompañados de importantes daños a los cultivos, (7) enorme exceso de humedad con riesgo continuado de anegamiento después del drenaje, (8) gran presencia de salinidad o sodio, o (9) adversidad climática moderada.

Muchos suelos en pendiente de la clase IV en áreas húmedas resultan aptos para el cultivo ocasional exclusivamente. Algunos de los suelos pobremente drenados y casi llanos incluidos en la clase IV no están sometidos a la erosión, pero resultan muy poco adecuados para cultivos intercalados debido al tiempo necesario para que el suelo se seque en primavera y por su baja productividad. Algunos suelos de la clase IV resultan aptos para uno o más cultivos especiales, como frutas y árboles ornamentales y arbustos, pero esta idoneidad no es suficiente para incluir un suelo en la clase IV.

En áreas subhúmedas y semiáridas, los suelos de la clase IV pueden dar un buen rendimiento en cultivos adaptados en años de precipitaciones superiores a la media; su rendimiento es bajo en años de precipitaciones medias; y no producen nada en los años de lluvia inferior al promedio. En los años de bajas precipitaciones, el suelo debe protegerse, aunque las posibilidades de obtener una cosecha útil pueden ser muy pocas o inexistentes. Se precisan tratamientos y medidas especiales para evitar la erosión del suelo, conservar la humedad y mantener la productividad. En ocasiones deben plantarse cultivos o emplearse sistemas de labranza de emergencia para el mero mantenimiento del suelo en años de bajas precipitaciones. Estos tratamientos deben aplicarse con mayor frecuencia o intensidad que en el caso de los suelos de la clase III.

Suelos generalmente no aptos para el cultivo - Clases V-VIII

Ciertos suelos agrupados en las clases V, VI, VII y VIII pueden resultar adecuados para cultivos cuando se aplican movimientos de suelos o se cumplen otros costosos requisitos.

Clase V

Clase V: los suelos de la clase V tienen escasa o ninguna erosión, pero presentan algunas otras limitaciones imposibles de eliminar que restringen su uso principalmente a pastos, plantas silvestres, bosques o para dar cobijo y alimento a la fauna.

Los suelos de la clase V tienen limitaciones que restringen el tipo de plantas que pueden crecer en ellos y que impiden la labranza normal de los cultivos. Son prácticamente llanos pero algunos están saturados, se ven afectados por desbordamientos frecuentes, son pedregosos, presentan limitaciones climáticas o una combinación de estas restricciones. Entre los ejemplos de la clase V se incluyen: (1) suelos en tierras bajas sujetos a desbordamientos frecuentes que impiden la producción normal de cultivos, (2) suelos casi llanos con una estación de crecimiento que imposibilita la producción normal de cultivos, (3) suelos llanos o casi llanos pedregosos o rocosos, y (4) áreas encharcadas donde no es factible el drenaje de los cultivos, pero donde el suelo es apto para pastos o árboles. Debido a estas limitaciones, los cultivos comunes no son posibles, pero se pueden mejorar los pastos y obtenerse beneficios con una gestión adecuada.

Clase VI

Clase VI: los suelos de la clase VI presentan severas limitaciones que generalmente los incapacitan para el cultivo y limitan su uso principalmente a pastos, plantas silvestres, bosques o para dar cobijo y alimento a la fauna.

Las condiciones físicas de los suelos incluidos en la clase VI permiten aplicar mejoras para pastos y plantas silvestres si es necesario, como la siembra, el abonado cálcico, la fertilización y el control del agua con surcos de nivel, acequias de drenaje, desviaciones o esparcidores de agua. Los suelos de la clase VI presentan limitaciones continuas que no pueden ser corregidas, como (1) pendiente pronunciada, (2) riesgo severo de erosión, (3) efectos severos de la erosión en el pasado, (4) carácter pedregoso, (5) zona radicular poco profunda, (6) enorme exceso de humedad y desbordamientos, (7) baja capacidad de retención de la humedad, (8) salinidad o sodio, o (9) limitaciones climáticas severas. Debido a una o más de estas limitaciones, estos suelos generalmente no resultan aptos para los cultivos. Sin embargo, pueden usarse para pastos, plantas silvestres, bosques, para dar cobijo y alimento a la fauna o para alguna combinación de estas opciones.

Los suelos de la clase VI pueden usarse sin problemas para cultivos comunes siempre que se aplique un sistema de gestión inusualmente intensivo. Algunos de los suelos de esta clase están también adaptados a cultivos especiales, como huertos con revestimiento herbáceo, arbustos frutales o similares, que requieren condiciones diferentes a las de los cultivos comunes. Dependiendo de las características del suelo y del clima local, estos suelos pueden resultar aptos o poco aptos para los bosques.

Clase VII

Clase VII: los suelos de la clase VII presentan severas limitaciones que los incapacitan para el cultivo y limitan su uso principalmente a pastoreo, bosques o para dar cobijo y alimento a la fauna.

Las condiciones físicas de los suelos de la clase VII impiden que se apliquen mejoras en pastos y plantas silvestres, como la siembra, el abonado cálcico, la fertilización y el control del agua con surcos de nivel, acequias, desviaciones o esparcidores de agua. Las restricciones de estos suelos son más severas que los de la clase VI porque es imposible corregir una o más de sus limitaciones continuas, como (1) pendientes muy pronunciadas, (2) erosión, (3) suelo poco profundo, (4) piedras, (5) exceso de humedad, (6) sales o sodio, (7) clima desfavorable u (8) otras limitaciones que los hacen inadecuados para los cultivos comunes. Sin embargo, pueden usarse con seguridad para pastoreo, bosques, para dar cobijo y alimento a la fauna o una combinación de estas opciones con la gestión adecuada.

Dependiendo de las características del suelo y del clima local, los suelos de esta clase pueden resultar aptos o poco aptos para los bosques. No se pueden utilizar para ningún cultivo común; en casos inusuales, algunos de ellos pueden emplearse para cultivos especiales bajo condiciones de gestión excepcionales. Algunas áreas de la clase VII pueden requerir siembra o plantación para proteger el suelo y evitar el daño a las áreas colindantes.

Clase VIII

Clase VIII: los suelos y las formas de relieve de la clase VIII presentan limitaciones que hacen que se descarten para la producción comercial de plantas y restringen su utilización al esparcimiento, el uso de la fauna silvestre y fines hidrológicos o estéticos.

Los suelos y las formas de relieve de la clase VIII no pueden aportar beneficios significativos aunque se gestionen para cultivos, pastos o árboles, pero sí para el uso de la fauna silvestre, como protección de las cuencas o para esparcimiento.

Las limitaciones, que no se pueden corregir, pueden ser consecuencia de los efectos de uno o más de los siguientes factores: (1) erosión o riesgo de erosión, (2) clima severo, (3) exceso de humedad, (4) piedras, (5) baja capacidad de retención de la humedad y (6) salinidad o sodio.

En la clase VIII se incluyen tierras yermas, afloramientos rocosos, playas de arena, cauces secos, suelos de desechos mineros y otras tierras casi estériles. Puede ser necesario proteger y gestionar de forma especial el crecimiento de las plantas en los suelos y las formas de relieve de la clase VIII para proteger otros suelos más valiosos, controlar el agua o para dedicarlos al uso de la fauna silvestre o fines estéticos.